Mala sangre para empezar el año

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. Sabía que era una ilusión vana, pero de ilusión, incluidas las vanas, también se vive. He tratado, lo juro, de buscar algo positivo sobre lo que escribir pero cuando lo intentaba me sentía forzado y falso. La balanza siempre se vence por el mismo lado. Era como escribir sin alma. Era como escribir sin ganas. No niego que haya cosas buenas en este mundo de dios. Lo que sé es que no me provocan escribir o no lo hacen suficientemente. No creo que esto me suceda sólo a mi, pienso más bien que es algo generalizado. Cuando uno se encuentra en paz con el mundo no tiene necesidad de manifestarlo excepto que lo haga en forma de compromiso. Normalmente la indignación es el motor que nos empuja a expresar el desacuerdo. El acuerdo y el asentimiento son más propios de la cortesía y de la buena educación. No tengo nada en contra de la buena educación, de hecho la recomiendo, pero es, al menos a la hora de expresar sentimientos, más limitante, menos radical y probablemente menos sincera.

Han transcurrido ya un par de semanas del nuevo año y en mi cabeza se van acumulando indicios de que el mundo no marcha nada bien. Sorprende ver el punto al que hemos llegado. El otro día escuché, por ejemplo, que en una importante ciudad se multaba con 750 euros a quien fuera pillado buscando comida en las basuras. Su delito era hurgar donde no debía y hacer que los demás presenciáramos algo que no nos agradaba ver. Hasta que punto de enfermedad social hemos llegado que al mismo tiempo que multamos al que tiene hambre somos capaces de crear fundaciones y dedicar ingentes cantidades de dinero para ayudar al que vomita voluntariamente. Entiendo a los dos como víctimas pero no alcanzo a entender el diferente comportamiento que ofrecemos en cada caso. Parece una broma macabra. Lo peor de todo es que no produzca indignación y rabia. Somos mansos. Somos de plastilina.

Tiene lugar estos días el juicio contra un juez que luchaba contra la corrupción. Son ahora los corruptos los que le sientan en el banquillo de los acusados. Tenemos que interpretar esto como un síntoma de que la democracia funciona y de que nadie está libre del peso de la ley. Un cuerno. Tengo para mi y creo que a muchos sucede lo mismo que esto no es más que un intento de hundir a una persona que resultaba molesta por perseguir la verdad, por tratar de destapar oscuros agujeros del pasado que otros consideran más oportuno no tocar. Me duele pensarlo. Injusticias como ésta sólo nos ponen de cara a la decadencia. El pragmatismo nunca puede estar por encima de la ética. La justicia no se puede repartir como una mandarina. Me duele también imaginar a Pinochet riéndose en la tumba.

En España sucedió que un ministro franquista, una persona que justificó el golpe de estado que propició la guerra civil, que formó parte de gobiernos que condenaron a muerte a inocentes, fundara después un  partido democrático que ahora nos gobierna. Ahora, este personaje ha muerto y todos se deshacen en halagos hacia él. Yo tampoco quería decir nada en su contra pero es indignante ver y escuchar las reacciones bobaliconas generalizadas. Un hombre que muere a los 89 años no nació en 1975. Su vida es toda su vida y no sólo una parte. Una cosa es dar el pésame a una familia por la muerte de un familiar, otra, muy distinta, es olvidar lo que no se puede ni se debe olvidar. Cientos de abuelos  mueren todos los días y nadie los recuerda ni los halaga. Ellos sí sufrieron en propia carne cómo se les arrebataba la libertad de las manos. Ellos tuvieron que vivir cuarenta años en la vergüenza, en la cárcel y en el exilio. Ahora ya no existen. Hacer borrón y cuenta nueva parece ser la mejor receta democrática. Mirar atrás no es fomentar el rencor. Mirar atrás es reconocer que somos lo que somos por lo que fuimos. Olvidar es un truco de la mente pero no de la verdad ni de la historia.

En España hay cada día más de 150 desahucios. 150 familias que se quedan sin casa de la noche a la mañana. Sus deudas no quedan saldadas con esto. Tienen, además que seguir pagando a los bancos  lo no cubierto por la casa que les han arrebatado. Parece increíble pero es cierto. El banco me prestó para comprarme un casa. Devolvérsela no es suficiente. La vivienda es un derecho humano. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La constitución, después de todo, no era más que una novela. Mientras el poder económico esté por encima del poder político no podremos hablar de democracia. El poder económico manda porque nos hemos entregado desnudos y desarmados. La indignación parece ser la condición humana.

…(Añádase lo que proceda)

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. El calendario, para mi desgracia, no es más que una hoja de papel. Por qué caeré siempre en la trampa. Por qué me agarraré a la esperanza del cambio. El 31 de diciembre no fue otra época. El uno de enero no es un mundo nuevo. El hombre tropieza siempre en la misma piedra. Yo también, lo reconozco.

Uno de enero

He empezado el año con nocturnidad y alevosía. He estado esperando al alba para ver si un año y un día eran la misma cosa. Idéntico azul, idéntica ventana para mirar la misma luz del día. Desolado por la falta de sorpresa he posado mi cabeza en la almohada, he cerrado los ojos y el sueño de todos los días ha retrasado su llegada para que llenara de propósitos mi agenda vacía. Lo he intentado pero ha sido en vano. Ni nuevos propósitos ni propósito de enmienda. Este despropósito ha cerrado mis párpados y con él he dormido buena parte del primer día.

Al despertar, carretera y manta a la hora en que todos comían. Kilómetros de gris y blanco donde parecía ser yo el único habitante de un planeta perdido. Desiertos parajes, gasolineras fantasmas y un pájaro negro paseando al borde de la carretera.

Al llegar la casa estaba fría. Un poco de leña ha sido suficiente para que volviera a la vida. Mirando las llamas he pensado en ayer y mañana. El calor del fuego ha podido con el tiempo y me ha devuelto al presente, a esta tarde nublada, a este primero de enero en esta casa vieja rodeado de campos dormidos y árboles desnudos.

La oscuridad ha llegado temprano. He visto La llave de Sarah. De 2012 recién estrenado a 1942. De mi pequeña Toscana sublimada a la Francia ocupada. De mi plácida tarde de enero a los convulsos y trágicos años de una guerra despiadada. Siempre la misma pregunta. Qué habría hecho yo. Recuerdo inevitable de Sophie y Primo Levi. Nostalgia teñida de rabia y de pena.

He seguido sentado en mi sillón. He terminado de leer a Murakami. Me he quitado, una vez más, el sombrero. Qué lejos me resulta Tokio y que cerca han quedado sus palabras. Superado el trance del fin he estampado la fecha en la última página. Uno de enero de dos mil doce. Primer libro terminado este  año y que empecé el año pasado. Por sus páginas no deambularon ni la noche vieja ni el año nuevo. Me encuentro sentado en medio de la nada entre un nuevo calendario y su universo que escapa a las leyes del tiempo.

Tomate y queso en la mesa. La primera cena del año. Después he corrido las cortinas, he encendido la lámpara y he vestido de palabras una mañana dormido, un viaje solitario, una película, un libro, la leña y el fuego que ahora se apaga.

Llega ahora el punto final. Después llegará el silencio.

Feliz año.

Navidad y todo lo demás

Último día de clase. Me he dejado embaucar por los alumnos y hemos pasado la hora hablando de la navidad. He dejado los libros sobre la mesa y, cambiando los papeles, me he dedicado a escuchar.

A está nerviosa porque mañana vuelve a la República Dominicana para pasar unos días con su familia. Recuerda las navidades de su infancia siempre acompañadas de sol y calor. Sin embargo, en su cabeza está siempre la nieve que no conocía. B no puede viajar. Los tiempos están difíciles y no hay más remedio que quedarse en casa. Su corazón está dividido entre su nueva vida aquí y los recuerdos de un pasado reciente que la llevan quiera o no quiera a la Rumanía que olvida y añora a la vez. Recuerda los regalos que recibió de niña, los paisajes que hace tiempo no ve y a su abuela que permanece viva en su memoria. Niebla poblada de los olores de los postres que ella preparaba. C nos cuenta como una víspera de reyes en Colombia se fue a la cama, sospechando pero sin querer saber. Apretó los ojos para no ver. Vio sin embargo las figuras de unos reyes sin barba y sin capa cargados de paquetes. No dijo nada y siguió pensando que la realidad era un mal sueño, que los ojos engañan y que aquella niña no había visto absolutamente nada. D nunca ha celebrado las navidades. En Kazajstan la religión y las costumbres son otras. Sus navidades son las que ahora como espectadora vive aquí. Quiere entender pero no entiende nada. Santa Claus en las películas, abetos por las calles y en las ventanas, misteriosos reyes magos de oriente que se acercan, pesebres, mulas, y una estrella en lo alto. Frank Sinatra celebrando la nieve, la palabra zambomba y El Corte Inglés. E las escucha sorprendido porque para él  la navidad no supone distancia. Siempre ha estado donde le enseñaron que debía estar. Sus recuerdos no viajen en el espacio. Un poco, tal vez, en el tiempo. Habla de turrón, de anuncios de televisión, de su casa llena de gente, de ruido, de la mesa ocupando toda la habitación y de aguantar el sueño. Días especiales en los que está prohibido dormir. Nunca ha pensado en la distancia sino tan sólo en el tiempo.

F,G,H,I,J, que soy yo, escucho en silencio. Los ojos mirando hacia afuera y también para adentro. Todos los recuerdos que le llenan la cabeza están poblados de niños. Sin ellos no hay navidad. En unos está él. Escribe una carta con su mejor letra, ayuda a poner la mesa, juega con sus primos a la pelota en el largo pasillo de su casa, saca de una enorme caja el belén que con paciencia infinita había construido su abuelo. El recuerdo más claro es su casa. Esa casa que es la misma, la de siempre, pero que es otra diferente. En otros aparecen otros niños y se ve a él cortando leña, encendiendo el fuego, poniendo luces en un árbol y disfrutando siendo Melchor, Gaspar o Baltasar mientras otra niña cierra los ojos para no ver. La memoria es traicionera pero es lo único que nos queda. Nos engaña y estamos encantados de que lo haga.

La navidad es tramposa. Nos hace recordar, pero también pensar. La navidad permite convivir a Colombia, Rumanía, la República Dominicana y Kazajstan. Papa Noel, los Reyes Magos, Santa Claus, la nieve y el sol. El turrón, las lentejas, las uvas, la familia y su ausencia. El belén, el árbol, las luces de colores, el papel de regalo y El Corte Inglés. Los niños que fuimos y los que ya no volveremos a ser.

La navidad es fría y caliente, sincera e hipócrita, triste y alegre a la vez. La navidad  es un anuncio de Coca Cola, mil doscientos perfumes, artificio y verdad. La navidad es memoria, propósito de enmienda, sonrisa y soledad.

La navidad, despojada de atributos, no es blanca ni alegre, no es pasado ni presente. La navidad, como todo, depende de nuestra voluntad de ser.

¡Feliz navidad!

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Pensamientos oscuros a la luz del día

Ella dijo que se marchaba y yo no lo creí. Ella nunca miente y se fue. La verdad de sus palabras cayó sobre mí y desde entonces quiero vivir desterrado en la mentira. El otro día me detuve en medio de la calle sin saber porqué. Parado, mudo y quieto comprendí. La luz no es luz si no la miras. Los ojos cerrados viven al margen de cualquier verdad. Los pasos dados en el aire no son nada. Son un minúsculo salto en el vacío que nos deja siempre en el lugar de partida. Ir más allá requiere intención, tierra y ojos abiertos. En medio de la calle vi cristal, hierro, asfalto y cemento. En medio de la calle me vi a mi pisando fuerte el suelo bajo mis pies. La verdad que nos rodea se mostró en parte y desde entonces la persigo. No duermo por temor a perder la vista, no hablo para evitar que las palabras escapen de mi garganta para no volver. Camino sin parar, escapando del túnel, aferrándome a la idea de que todo está siempre un paso más allá, de que nada queda detrás de la mirada. El pensamiento es acción. Yo sin él no soy yo. Menos que una mota de polvo, menos que una piedra del camino, menos que una gota de lluvia. Menos que ayer. Menos que nada.

Ella me dijo que la buscara y yo cerré los ojos. El recuerdo nunca encuentra nada. Sólo busca refugio. Los refugios son lugares fuera del tiempo. Son el útero agobiante que siempre acaba por ahogarnos. Tarde o temprano tenemos la necesidad de asomar la cabeza, de escapar de aquel agujero al que nunca deberíamos volver. La vuelta es siempre cobardía. Tentadora y engañosa. Seduce con su apariencia tranquila, como esconder la cabeza bajo las sábanas. Negar la luz del día no crea la noche. El día es día más allá de nuestra ilusión. Los días pueden ser oscuros y las noches blancas. Nosotros habitamos sus luces y sus sombras.

El tiempo no cesa y lo sabemos. La vida se nos escapa de las manos y, a pesar de todo, las abrimos. La verdad nos aguarda y hacemos todo lo posible por olvidarlo. Miramos al sol con los ojos abiertos y nos cegamos. La verdad hay que mirarla con cuidado. La verdad siempre busca caminos oscuros. Nos gusta pensar que resplandece pero prefiere habitar las zonas oscuras del alma. Lo oscuro está ahí, al alcance de los ojos bien entrenados. Lo oscuro es oscuro porque no lo vemos. La verdad no es luz. Es oscura como piedra negra. La luz está en nuestra mirada.

Ella dijo que se marchaba y yo la seguí.

Elogio de la política

Tiempos modernos. Tiempos difíciles en los que una de las profesiones más necesarias es una de las más denostadas. Los políticos representan para la mayoría de las personas el modelo de lo que no se debe ser ni hacer.

La vida en sociedad es la que ha propiciado la civilización. Todo el desarrollo que disfrutamos, sea éste mucho o poco, es gracias a ese imperativo, parece que natural, que nos empuja a asociarnos. Los hombres y mujeres que habitan este planeta se necesitan y cada vez pasan más tiempo juntos. La ciudad es el exponente más claro. La revolución industrial supuso el abandono del campo y el triunfo definitivo de las ciudades. Cada vez un mayor porcentaje de la población mundial se aglutina en ellas. La ciudad como ejemplo de la tendencia humana a compartir. La ciudad como origen de toda innovación, creación y desarrollo. Los grupos humanos crean normas para organizarse, vigilan el cumplimiento de esas normas y se ven ante la necesidad de gobernar y ser gobernados. Siempre ha sido así y siempre, me temo, lo será. La posibilidad de la anarquía parece mucho más allá de la ciencia ficción.

Platón soñaba con una república dirigida por filósofos. Ellos representaban el único perfil digno de tal cometido. Nadie con intereses particulares podía cumplir con una misión enteramente dedicada al bien común. La educación y el conocimiento como condiciones indispensables de un buen gobernante. No somos Platón, y los filósofos actuales trabajan de camareros o de taxistas. Hemos creado una especie si no nueva, sí diferente: el político no aristocrático. No responde a un perfil determinado. Deberían ser como cada uno de nosotros ya que cada uno de nosotros debería poder ser uno de ellos.

No conozco a nadie que hable bien de los políticos. Ni tan siquiera ellos mismos hablan bien unos de otros. En España ha habido estos días elecciones generales y casi veintitrés millones de personas, que critican e incluso desprecian en muchos casos a quienes votan, han votado y dado su apoyo a los que, según ellos, son ladrones, personajes corruptos que nos chupan la sangre, hacedores de favores interesados, lameculos de otros más poderosos que ellos. Esto no es razón es pura contradicción. ¿Cómo se puede querer y odiar al mismo tiempo? ¿Cómo dar no la fe, esto es más fácil, sino la confianza a quien nos la quita, cómo la mano a quien nos da la espalda? Veintitrés millones de votos dando prácticamente un cheque en blanco a quien no les ofrece garantía alguna.

Todo esto se hace y se dice  pero al mismo tiempo se admite que da igual quien gobierne, que unos y otros no sirven para nada puesto que al final, el euro, el dólar, el dow jones, el índice nikey, el fondo monetario internacional, el banco central europeo, la bolsa o las agencias de calificación serán quienes decidan, a su capricho, nuestro futuro.

El capitalismo sitúa la economía por encima de la política. El capitalismo salvaje aplasta sirviéndose de la economía cualquier atisbo de política. A este punto hemos llegado.

El sistema capitalista se ha derrotado a sí mismo. Ha llegado más lejos de lo que nunca pudo imaginar.

La democracia queda de esta manera desarmada, impotente, herida de muerte. Vivimos en la ficción de gobernarnos a nosotros mismos, de ser los dueños de nuestros destinos cuando la realidad es que siglas, despachos y masas desconocidas de accionistas nos dejan sin trabajo, sin casa, sin medicina o sin escuela.

Dicen que la derecha es más complaciente con sus políticos y que la izquierda es, sin embargo, mucho más exigente. Si nos atenemos a las definiciones clásicas de izquierda y derecha esto es comprensible. Es más fácil conservar que innovar. Mantener que repartir. El que espera mucho y consigue poco no lo acepta, se frustra y se queja.

Hoy ya casi nadie acepta los conceptos de derecha y de izquierda tal y como los conocimos. No hay casi tiempo de detenerse a pensar en ello. La cultura política desaparece y todo se ha convertido en un sálvese quien pueda, en una tómbola en la que lo único que hacemos es comprar boletos. Unos más y otros menos. Eso no ha variado.

Lo cierto es que tras la victoria de un partido político en unas elecciones ya no pensamos en programas, leyes, ideas o tendencias. Lo que aparece al día siguiente en la prensa, lo que ocupa la primera plana de todos los periódicos  es el índice de la bolsa de Nueva York o París, la relación euro dólar o el precio del barril de petróleo.Mientras tanto continuamos con nuestras quejas. Político igual a corrupto, ladrón o vulgar chorizo.Cómo se tienen que reír los que se divierten comprando nuestra deuda pública.

Si éste no es tiempo de políticos, yo no entiendo nada. Si esto no es tiempo de política que venga dios y lo vea.

La política es, o debería ser, acuerdo. No es suficiente con que cada uno actúe según sus convicciones. Necesitamos el acuerdo del otro y para eso hemos de convencerle o debemos ser convencidos. Sin convencimiento no existe política. De ahí que su riesgo más evidente es el engaño, el encantamiento. Dejarnos llevar por cantos de sirenas. El convencido corre el peligro de ser engañado, el que convence se enfrenta a una ambición desmedida y su peor sueño es confundir poder con responsabilidad. El primero lleva casi siempre a la corrupción. La segunda debería mantener el deber siempre por delante del poder.

Cada uno de nosotros vive en un grupo, no pertenece a él. Cada uno de nosotros es un individuo. La política no debe agrupar, debe organizar la vida de los individuos. Los políticos son individuos que deben convencernos para conseguir ciertos objetivos. Su mayor problema es que no nos pueden dar nada de inmediato sino que se necesita tiempo. Este es sin duda el mayor enemigo. Acuerdos para lograr objetivos en el tiempo. Los acuerdos a veces se logran, los objetivos a veces se comparten pero el tiempo rompe casi siempre cualquier tipo de confianza.

El gran logro de la democracia es que los que participamos en ella aceptamos voluntariamente nuestra participación. Podemos gobernar o ser gobernados pero siempre de una forma voluntaria. Platón acepta que sea voluntario pero él sólo ve a unos pocos capaces de gobernar. La aristocracia es su forma ideal de gobierno. El riesgo que se corre es el de quedar atrapados en manos de esa élite. Hoy en día, a pesar de haber extendido la democracia, seguimos atrapados en manos de unos pocos. Probablemente no les vemos las caras ni les podemos poner nombres pero el riesgo que corrió Platón lo hemos corrido y hemos perdido. Él, al menos, soñaba con grandes filósofos, sabios que nos ayudarían a progresar. Los filósofos de hoy en día, los que gobiernan el mundo sin nuestro consentimiento están escondidos en despachos, tienen nombres de acciones y poco o nada saben de filosofía.

Los políticos somos nosotros, no tenemos otro remedio. Somos seres éticos y  políticos, No podemos delegar esa función en otros. De la misma manera que buscamos lo que más nos conviene en nuestra vida privada tenemos también que organizarnos, gobernarnos y dirigirnos. El bien común es el bien de cada uno de nosotros. Lo que me conviene se transforma en lo que nos conviene y como es detestable la idea de que otro decida lo que es bueno para mí, no queda más remedio que alzar la voz y decirlo, proponerlo y tratar de convencer al otro, a los otros. El acuerdo al que lleguemos, acuerdo en el que probablemente todos perdamos un poco, es el objetivo a conseguir. Si estamos condenados o hemos decidido libremente vivir en sociedad me trae ahora sin cuidado. El hecho es que el hombre se hace hombre viviendo con otros hombres. El político debe organizar la vida en común para que cada vez seamos mejores hombres.

Si todos somos iguales y si está en mis manos nombrar a mis representantes no podemos hacer de ellos una especie diferente. Nos representan. Son una muestra de quienes los han elegido. El político soy yo y tiene mis mismas debilidades. Al político le doy el poder, él a cambio me debe la responsabilidad.

Perdemos el tiempo vanamente luchando unos contra otros. Perdemos hasta las ganas de alcanzar acuerdos. Mientras tanto la máquina insaciable sigue en marcha. Nunca se detiene. La máquina no es el tiempo. Es lo que llamamos mercado. De tanto oírlo nombrar le queremos poner cara y hacemos igual que con los políticos, consolarnos pensando que el mercado no es obra nuestra, que es un invento del diablo que se divierte a nuestra costa. Pues no. El mercado también somos nosotros. ¿Por qué aceptamos que gobierne implacable nuestro destino? Somos débiles y en nuestra debilidad disfrutamos con la caída de los otros. Los hace más humanos. Compartir desgracias nos consuela de los fracasos. Por eso a los ídolos siempre les ponemos pies de barro. El mercado está hecho de otra materia. Está por encima de nuestras cabezas y como no tiene pies aceptamos sumisos que no podemos derribarlo.  Tenemos lo que nos merecemos, es cierto, pero también podemos tener y merecer otras cosas.

La política es necesaria y la política sin políticos es un sinsentido. Sólo hace falta que nos demos cuenta de que los políticos no son unos elegidos, mal que le pese a Platón. Los políticos somos nosotros y tienen nuestra cara y nuestros ojos y sus pies no son de barro por mucho que eso facilite la tarea de derribarlos.

Elogiar la política no implica un elogio automático de los políticos. Elogio también la ciencia pero no siempre a quien la hace. Elogio a la medicina pero no debo respeto ni confianza ciega en los médicos.

De la misma manera que la publicidad o la televisión proponen y nosotros disponemos, los políticos proponen y de nosotros depende dar o no nuestra confianza. La publicidad no es responsable de las modas o del consumo desatado. La televisión es como el público acepta que sea. Ante las propuestas políticas, si callamos, otorgamos y votamos. ¿De quién es la culpa?

De poco sirve llamarles después ladrones en el café de la esquina.

Contando cuervos

Llevaba tiempo con ellos merodeando en mi cabeza. Algo me empujaba a escribir sobre los cuervos. Decir algo es no decir nada pero un impulso es algo indescriptible. Hace años que cambié mi opinión sobre los cuervos. Si los cuidas no te sacan los ojos, te dan vida. Nunca había sido tan consciente de todo lo que ofrecen. Estos últimos días he vuelto a escucharlos obsesivamente y no tengo más remedio que rendirme, no a sus pies sino a su grandeza. Pasa de vez en cuando pero cuando sucede te deja clavado y no dudas. La duda nos perturba y, como la niebla, no nos deja ver el camino. Los cuervos lo han despejado y puedo seguir adelante agarrado a la música de sus alas negras. Son ellos, también asoma Rem de vez en cuando y estoy seguro de que han escuchado a Van Morrison casi tanto como yo. El resultado es música que te atraviesa, que no te puede dejar indiferente.

Llevan veinte años, seis discos y dos o tres puñados de canciones que superarán la prueba del tiempo. Ahora escucho y escribo y sin quererlo me detengo. Las palabras ceden el paso a su música que llena todo el espacio que me rodea. El sonido de las teclas me molesta. Preferiría que fueran las teclas de un piano que acompaña la voz auténtica que me llega directa al alma como un puñetazo. ¿Qué más decir? No es tiempo de negro sobre blanco.

Round here
Perfect blue buildings

P.S.: Espero Ch. que te ayude a empezar bien el sábado y que acompañes la música con un sabroso té verde o con café. Lo que prefieras.

El pensamiento fragmentado

A veces pienso que la gente no es que no piense. Lo hace, sí, pero fragmentadamente. Recibimos a diario decenas de píldoras de información. Nuestra labor es digerirlas y procesarlas. Con esas pequeñas dosis elaboramos nuestra representación del mundo, tomamos también partido y formamos nuestras opiniones. Somos a partir de entonces nuestro propio fragmento.

La información que parte de nosotros también tiene formato de cápsula. Correos electrónicos, mensajes telefónicos, chats y así, en reducción, hasta la nueva magnitud de pensamiento: los ciento cuarenta caracteres. El folio es cosa del pasado. Toda la información del mundo cabe dentro de un postit. Referencia sin sentido.

Tengo para mí que ya casi nadie reflexiona detenidamente sobre nada. Queremos información rápida, breve e inmediata sobre todos los asuntos. Palabras huecas. Minimalismo mal entendido.

Internet guarda información múltiple pero pocas veces extensa. Entramos y salimos de una enciclopedia dejando millones de palabras olvidadas, escuchamos fragmentos de música, leemos blogs, echamos un vistazo a periódicos digitales, los links nos hacen saltar de un mundo a otro sin detenernos a pensar nunca en un punto. No compramos discos, compramos canciones, leemos mensajes de texto, abreviamos palabras. Las noticias mueren en los titulares. Los índices ocupan más que los textos. Las películas son ahora series que no son sino mera sucesión de fragmentos. El estudiante prepara esquemas y resúmenes. El profesor hace presentaciones en powerpoint. El periodista va al grano. La televisión se multiplica y se fragmenta como el universo. La comida es rápida, el pensamiento breve y la reflexión inexistente. Fast thinking.

Ése es el nuevo mundo: un powerpoint que se repite incesante con ligeras variaciones.

Hoy he ido a trabajar y lo primero que he hecho es leer las anotaciones de mi agenda, he contestado correos pendientes. He ido a clase y he escrito un esquema en la pizarra. Me han pasado después un informe. He recibido mensajes en el móvil. Los he contestado escasamente. He puesto una nota en el corcho. He tenido una reunión y para abreviar hemos sido breves. Antes de marcharme he anotado las tareas pendientes. Mientras comía, ya en casa, he escuchado un resumen de noticias por la radio. Después he mirado mi rss. Títulos, tres líneas y seguir leyendo.Tweet, tweet.

Ahora estoy sólo ante la página en blanco y  me parece un desierto plagado de trampas. Mundo desconocido y sin límites. Algunas letras, supero ya las ciento cuarenta, forman palabras y descubro asombrado que surgen ideas. Me detengo y pienso. Es una sensación desasosegante. En busca del tiempo perdido.

De la falta de información al exceso, del pensamiento único al múltiple, de lo extenso a lo intenso. De la palabra al carácter. Del uno al fragmento (parte o porción pequeña de algunas cosas quebradas o partidas).

Somos víctimas de nuestro propio tratamiento. El chat nos ha paralizado, el tweet es el elogio del fragmento. Ingenio condensado que pierde, casi siempre, toda la gracia en los límites arbitrarios del reglamento. El reto como fin y como medio. La palabra convertida en conjunto de caracteres. El pulgar es la pluma de los fragmentados. Pásalo y lo paso.

De Heráclito solo quedan escasos fragmentos. En ellos intuimos movimiento, reflexión perdida por el paso del tiempo. El mundo actual está lleno de Heráclitos que jamás sospecharon que “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos” no fue el primer tweet sino el comienzo.

El contenido del mensaje es ahora secundario. El pensamiento fragmentado no nos deja ver el bosque, nos coloca en un extremo o en otro pero jamás en el medio. El pensamiento fragmentado nos hace, contradictoriamente, ansiosos y terriblemente perezosos.

Domingo de octubre

Hoy me he despertado abriendo el ojo izquierdo primero. He visto que una suave luz entraba por la ventana y en vez de darme media vuelta y perderme del mundo entre las sábanas, he dado un paso adelante y he puesto primero un pie y después el otro en el suelo. El día se me ha venido encima y la noche oscura se ha ido desvaneciendo y se ha quedado allí tumbada, sobre la cama.

La casa tranquila y un silencio de domingo que todo lo llenaba. Como siempre, he mirado el mundo desde mi ventana. Las calles desiertas y un cielo azul impropio del otoño recién llegado. Allí parado, con el viento fresco que me despertaba he visto la vida pasar deprisa y el tiempo, sin embargo, bien quieto a mi lado.

Sentado a la mesa de la cocina con un vaso de cacao y unas galletas de canela he encendido la radio y en seguida me he arrepentido. El mundo escuchado parece siempre el mismo y una sensación de cansancio y de hastío me ha hecho perder el equilibrio. Voces que informan a toda prisa, repaso de un mundo pequeño hecho a nuestra medida. Medias verdades leídas con voces solemnes, análisis improvisados, opiniones que explican el mundo y la vida con oraciones simples. Sujeto y predicado.

Las palabras han roto el silencio y yo las he roto a ellas con música. He buscado y rebuscado algo que me acompañara. Mi dedo, el ratón o el inefable destino me han hecho despertar a Morrisey de su carpeta. He agradecido que pusiera su voz a mi mañana.

Recuerdo cuando de niño me vestía de domingo. Siento un escalofrío con solo pensarlo. Hoy en venganza por todas las humillaciones sufridas me he puesto unas bermudas y una camiseta. ¿Alguien duda todavía de que este mundo es mejor que el que dejamos atrás?

Cuando Morrisey ha terminado me he lanzado a la calle sin saber muy bien dónde iba. El mar que otras veces ni siquiera me llama me ha invitado a su lado. Con un paso de domingo he llegado a la playa. La arena húmeda, la marea baja y por toda compañía algún perro que corría feliz tras una pelota y unos cuantos surfistas a la espera de la ola perfecta. Los he mirado y me ha dado por pensar que, tal vez, ellos son un espejo de la vida. Siempre aguardando, imaginando lo que harán si llega la oportunidad. Cuando llega, muy pocos la aprovechan. Los demás, cabizbajos, vuelven otra vez al lugar de partida.

El cielo, el sol y la luz han dado calor a mi atuendo de verano en medio de este otoño tardío. He paseado por la orilla, he mojado mis pies en el agua ya fría y he mirado el horizonte. Destino inevitable de los ojos que miran hacia delante. Perdido en él una ola traidora me ha encontrado y me ha sacado de mis cavilaciones. Empapado, he vuelto sobre mis pasos y, despierto ya del todo, he seguido caminando por la arena. Dejando ya la espuma a una cierta distancia.

Me gusta mirar a la gente, me gusta más bien espiarla y desde la ventana indiscreta de la barra de un bar, mientras tomaba un café reconfortante he escuchado sus voces, he observado sus caras y he imaginado sus vidas desconocidas. ¿Será eso la literatura?

Para comer ensalada y lentejas. Nada del otro mundo. No uso ya ropa de domingo ni tampoco mi menú se viste diferente por ser día festivo.

Tras recoger los platos, quitar el mantel y poner en marcha el bendito lavaplatos he regresado al corazón de la casa. Mi mesa blanca, mi sofá rojo y los libros que cubren las paredes.

El domingo por la tarde es tarea difícil. Lo que hasta hace un rato era luz y todavía se transforma con la digestión de la comida en un comienzo de sombra y en ya definitivo.

Era el momento de bajar las persianas y de encerrar el mundo en mis cuatro paredes. El exterior no me ofrecía ya interés alguno. Por la mañana la luz del día, por la tarde una lámpara bien encendida. Ayer vi Tintin y lo pasé en grande. Era Indiana Jones en dibujos animados. Hoy, en su homenaje he vuelto a ver En busca del arca perdida. Treinta años ya y yo disfrutándola como el primer día.

Tras tanta aventura era el momento de un poco de paz. Ayer terminé una trilogía. La americana de Philip Roth. Sólo puedo decir, en su homenaje, que me gustaría no haberla leído para poder tenerla de nuevo entre mis manos y disfrutar y pensar todo lo que he disfrutado y pensado. Mr. Roth forma parte ya del club de mis elegidos.

La única cosa buena de terminar un buen libro es escoger el siguiente. Para reponerme de dos horas vividas con Indi, me he sentado con los candidatos a acompañarme con sus palabras los próximos días. Me gusta mirar y remirar los libros. Seleccionar unos, posponer o eliminar otros. Ver como del grupo inicial unos van cayendo y otros permanecen a la espera de la siguiente ronda. Al final no queda más remedio que escoger a uno. No al campeón sino al que por extraños caprichos del momento se queda contigo, al menos un tiempo, y duerme en la mesilla, viaja en tu mochila y reposa ahora a mi lado en esta mesa blanca a la que estoy sentado.

Frugal cena de domingo. De niño, no sé por qué, el domingo por la noche siempre cenaba un bocadillo. Nostalgia de fast-food es la que siento.

La noche ha llegado. Sólo me queda que mis dedos cuenten lo que para mí ha sido este penúltimo día de octubre. Este domingo diferente no por el principio sino por el final. Ésa es la sorpresa que me guardo. Ése es mi as en la manga. Mañana tengo fiesta. Al otro también. Gracias a todos los santos por existir. Gracias incluso a Halloween. No importa lo mucho que te he odiado, no importa lo ridícula que esta fiesta me parecía fuera de situación y de contexto. Yo, por un lunes y un martes de fiesta, soy capaz de vender mi alma al diablo.

Lo he hecho, por supuesto. Tengo la casa llena de calabazas y toneladas de caramelos para cuando los niños que no saben lo que dicen me amenacen con su trick or treat.

La mano del hombre

     

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